
Tengo una pregunta…
¿Te imaginas un día en el que pudieras viajar en el tiempo? Pues algo así ocurrió en el Colegio Público de Alpartir durante las jornadas culturales, donde las niñas y los niños no necesitaron una máquina del tiempo, sino algo mucho más valioso: las historias de sus abuelos y abuelas. Nuestra asamblea contaba con invitados de honor: un grupo de abuelos, abuelas y hasta una bisabuela de 91 años. El aire estaba cargado de curiosidad y cariño. El objetivo de este encuentro, llamado Tengo una pregunta para mi abuelo y mis abuelas, era muy simple pero a la vez muy poderoso: hacer preguntas para descubrir cómo era la vida cuando ellos eran pequeños. A través de sus historias, se abrió una ventana a un mundo que, aunque no tan lejano en el tiempo, parece completamente diferente al nuestro.

El tiempo libre: jugar en la calle y nadar en la acequia
Una de las primeras preguntas fue directa al corazón de la infancia: «¿A qué os gustaba jugar en el tiempo libre?». Las respuestas pintaron un cuadro de una niñez vivida al aire libre, con una imaginación desbordante y sin rastro de pantallas: ellas a las tabas, los tapes, la caldereta y jugar a las «cocinitas», para lo que fabricaban morcillas con hierbas y usaban las tapas de las latas de escabeche como si fueran platos de verdad; ellos al marro, «Churro, media manga…», las canicas y, por supuesto, jugar al fútbol en las eras del pueblo, donde se trillaba el grano.
La calle era el verdadero patio de recreo. No había parques cerrados ni pistas deportivas, pero tampoco el peligro de hoy. Como recordó una de las abuelas, la seguridad era tal que el mejor lugar para jugar era la propia carretera: «El recuerdo que tengo es de jugar a las calderetas en la carretera. ¡En la carretera! Mira tú si pasaban coches…».
En verano, la diversión era refrescante y natural. Sin piscinas municipales, la «piscina» del pueblo era la acequia. Nadar en sus aguas era la gran aventura estival para todos los niños. En este mundo de juegos sencillos, algunos objetos que hoy consideramos comunes eran un verdadero sueño. La bicicleta, por ejemplo, no era un juguete al alcance de todos, sino un «artículo de lujo».
Pero toda esa libertad en la calle tenía su contrapunto. Cuando el sol se ponía, los niños volvían a un hogar que era un mundo completamente diferente, un lugar sin botones, pantallas ni muchas de las comodidades que hoy conocemos.
La vida en casa: un mundo sin botones ni pantallas
Otra pregunta sobre la tecnología abrió la puerta a los recuerdos de una vida doméstica sin las comodidades que hoy damos por sentadas. Un mundo analógico, de esfuerzo y soluciones ingeniosas.
La tecnología de ayer
La principal tecnología que reunía a la familia era la radio, que al principio solo sintonizaba dos o tres emisoras. La televisión tardó mucho más en llegar. Cuando finalmente apareció, solo unas pocas familias en el pueblo podían permitírsela. El resto de vecinos se reunía en esas casas para verla juntos, creando un improvisado cine comunitario que terminaba a medianoche, cuando finalizaba la emisión.
Las tareas del hogar
Una de las tareas más duras era, sin duda, lavar la ropa. Sin lavadoras automáticas, esta labor requería una enorme fuerza física y tiempo. Las abuelas recordaron vivamente cómo era:
- Se lavaba directamente en la acequia o en el río.
- En los peores días de invierno, tenían que romper la capa de hielo que se formaba en el río para poder lavar la ropa de la familia.
- Igual pasaban el día entero lavando la ropa de la familia, se iba tendiendo y se bajaba ya seca a casa.
El misterio de la «fresquera» y la bodega
¿Y cómo conservaban los alimentos sin frigorífico? ¡Tenían un truco genial! La solución estaba en la arquitectura popular y el ingenio. Utilizaban la «fresquera», un armario de madera con tela metálica en lugar de cristal para que corriera el aire, o bajaban la comida a la bodega, la parte más fresca de la casa. Para enfriar las bebidas en verano, el método era simple y eficaz: iban a la fuente a por un cubo de agua fresca justo antes de comer y sumergían en él el porrón de vino o la jarra de agua.
Cuando se iba la luz
Los «apagones» eran parte de la vida cotidiana. La luz se iba con frecuencia, sobre todo en las noches de viento, y no volvía hasta el día siguiente. Las calles estaban muy poco iluminadas, por lo que la noche era verdaderamente oscura, un escenario muy diferente al de nuestros pueblos de hoy.
De la vida en casa, llena de retos y trabajo, los recuerdos nos llevan al otro gran pilar de la infancia de cualquier generación: la escuela.
Días de escuela: pizarras, recreos en la calle y clases separadas
El colegio de entonces y el de ahora comparten un mismo objetivo, pero sus escenarios y normas eran radicalmente distintos. Los recuerdos de los abuelos nos permiten trazar una comparación muy clara.
| La escuela de ayer | La escuela de hoy |
| Niños y niñas estudiaban en colegios separados. | Las clases son mixtas. |
| El recreo era en la calle, no había patio. | El recreo es en un patio cerrado y seguro. |
| Las escuelas estaban en edificios como el Ayuntamiento. | Los colegios son edificios diseñados para enseñar. |
Además, seguir estudiando más allá de la educación básica era un privilegio y un sacrificio. Para poder estudiar la carrera de Magisterio, por ejemplo, había que irse a un internado en Zaragoza. Y solo podía volver a ver a la familia en las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano, lo que convertía cada regreso al pueblo en un acontecimiento muy esperado.
Pero la infancia terminaba pronto. Las responsabilidades llegaban muy deprisa, marcadas por un contexto social y económico mucho más duro que el actual.
Crecer deprisa: entre la escasez y las responsabilidades
Crecer en aquella época significaba madurar a la fuerza, enfrentando dificultades que hoy nos parecen lejanas, como vivir bajo una dictadura: la falta de libertad era palpable y existía un miedo constante a reunirse. Incluso para formar un club juvenil en la «Casa del Cura», tenían que hacerlo con el temor de que apareciera la Guardia Civil.
Un ejemplo de la dureza de aquellos años es que, con solo 14 años, siendo la hermana mayor, había que empezar a trabajar para ayudar en casa y criar a los hermanos pequeños.
La comida tampoco era algo que se diera por sentado. El pan, un alimento básico, no estaba garantizado todos los días: «Hoy sí, mañana no». Esta escasez enseñó una lección fundamental: no se tiraba absolutamente nada, porque «todo se utilizaba».
Pero esa misma escasez, que hacía que el pan fuera un tesoro, también les enseñó a ser increíblemente ingeniosos. Las familias no iban al supermercado; convertían sus casas en pequeñas fábricas de sabores.
El sabor del pasado: del huerto a la mesa
La autosuficiencia era la clave de la supervivencia y también la fuente de los sabores más auténticos. En cada casa se producía, se conservaba y se cocinaba lo que la tierra y los animales daban.
- El pan casero, horneado en los hornos del pueblo.
- Las conservas de frutas y verduras, que se preparaban en verano para tener provisiones durante todo el año.
- La matanza del cerdo («matacía»), un evento social que garantizaba jamón y embutidos para la familia.
- La miel de sus propias colmenas, un tesoro dulce y natural.
- Los higos secos, que se llevaban al cine como si fueran las palomitas de hoy.
Estos recuerdos no son solo anécdotas; son el eco de un conocimiento profundo sobre la tierra y el valor de las cosas, un sabor que solo puede apreciarse al escucharlo de viva voz.
Un tesoro llamado memoria
Al final del encuentro, una cosa quedó clara: aunque la vida de nuestros abuelos fue más dura y estuvo llena de carencias, también rebosaba de una riqueza diferente. Una riqueza hecha de juegos en la calle, de una comunidad unida por la necesidad, de baños en la acequia y de sabores que venían directamente del huerto. El inmenso cariño entre los abuelos y sus nietos, visible en cada gesto y cada palabra, fue el hilo conductor de la jornada.
Las historias que guardan nuestros mayores son un tesoro. Son nuestro propio libro de historia, lleno de lecciones, emociones y anécdotas increíbles. Así que la próxima vez que veas a tus abuelos, haz como nosotros: atrévete a preguntar. Descubrirás un mundo fascinante y, lo más importante, una parte fundamental de tu propia historia.
